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Parroquia San Eduardo
Diócesis San Carlos de Bariloche - Argentina

Carta a un hermano cura desanimado

Querido hermano:

Te leí con atención. Pero fue una primera vez. Después le pedí a Jesús que me curara los ojos y me diera esa mirada repleta de amor con que miró al joven rico y te leí por segunda vez. Ahora si me animo a contestarte.

He leído: “desánimo”, “no sabemos que hacer”, “entrego todo lo que puedo de mi vida y no veo resultados”, “estoy cansado de la ficción de las pastorales”, “el obispo me escucha y se preocupa, pero no entiende nada, es como si le hablara en chino”, “no hay curas que te pongan a disposición su corazón para acompañarte”, “como hago para desenamorarme”.

Me ha sorprendido. He contado otra vez los años que llevo caminando y los otros… lo que llevo intentando caminar sobre las huellas de Jesús en el Ministerio. He visto una larga serie de fracasos, de intentos pastorales que eran trompadas tiradas al aire. He tenido Obispos con distintas actitudes. He sentido siempre la presencia inefable del hermano cura que me ha ayudado a no equivocarme ¡tanto! Si tengo que serte sincero, desde afuera, parece una vida tirada a la basura, no he visto ningún resultado, ni en los fieles, ni en los compañeros curas, ni en los Obispos.

Pero tengo muchos años de edad y de ministerio y no estoy des-animado, al contrario, siento que me hierve la sangre por predicarlo a Jesús… y sobre todo -vos los sabés- por tratar de ayudar a los hermanos curas que me pueden necesitar.

¿Qué paso entre vos y yo o entre ustedes y nosotros? No se si alguna vez te agarró una ola grande, mal parado. Parece que no termina nunca el revolcón por la arena debajo del agua, que uno se ahoga. Pero la cosa termina y no pasa nada. Esa es la diferencia: que yo/nosotros ya sufrimos muchas veces esa sensación de sentirnos “tragados” por la ola. Pero sabemos que se sobrevive y que uno queda con ganas de volver a meterse al agua. Vos en cambio, sentís que es la primera vez que estás BAJO el agua y que no manejas las cosas, es más, tenés casi la seguridad de que no vale la pena luchar para salir. ¡Pero vale!

Es casi como si lo estuviera escuchando a Pablo que le dice a Timoteo que se sentía inadecuado, incómodo en el ministerio: “renová el Don de la imposición de mis manos”… Pero a vos te lo está diciendo Jesús.

Nos tapó la ola. La ola del mundo. Nos quedamos con el Ágape y el mundo se quedó con el eros y como el eros es el principio y además el combustible del Ágape, nos quedamos sin nafta en la mitad del camino. A la mayoría le importa poco lo que decimos o hacemos. Algunos se ríen. Casi nadie sabe lo que es amar de verdad. Y acá estamos vos y yo, haciendo de Quijotes, tratando de amar al estilo de Jesús, con sus sentimientos, con su valentía honesta. Embarrados por el camino, pero caminando. Sucios del andar, pero con la mirada puesta en un horizonte que no somos nosotros mismos.

Nos tapó la ola. Todos los elogios y las consideraciones (también adentro de la Iglesia) son para los eficientes. O sea para los que hacen más en menos tiempo. Premio Nobel a la ineficiencia para Jesús. 2000 años después sigue esperando ver resultados. Es la parábola del sembrador que siembra y se va a dormir porque cree y confía en la potencialidad de la semilla. Te invito a que disfrutemos del sueño y no nos levantemos a cada rato para ver si hay trigo para cosechar. No hay. No va a haber nunca. Pero la semilla es capaz de dar fruto, simplemente porque nosotros la sembramos. ¿Cuándo el fruto? No se.

Nos tapó la ola y no sabemos que hacer. Perdimos el control, la seguridad, la conducción, primero de nuestras vidas y también de la pastoral. El sacerdote es un hombre colgado entre el cielo y la tierra en una existencia imposible. Nos tira el mundo para abajo y el cielo para arriba. No podemos entendernos a nosotros mismos, ni tener el control. Hemos regalado a Otro el control, la seguridad, la conducción de nuestras vidas y de la pastoral. Pero unas 20 veces por día queremos recuperar lo que regalamos… y ¡tanta veces lo logramos!

Los tapó la ola y no saben que hacer. Pobres Obispos. Les toco un laburo de alto riesgo, insalubre. Se los ve desorientados y por eso a la defensiva. Algunos. Otros agarrados con uñas y dientes a pequeños e intrascendentes “éxitos pastorales”. O atrincherados en la lucha de las ideologías, creyendo que ese es el camino para encarnarse en la realidad y la gente los mira y los ve a la misma distancia de Saturno. Otros intentan ser padres y algunos de verdad lo logran. Los que no, no pueden entender el cambio de cultura y se escandalizan. Hay santos. Seguramente más de lo que imaginamos. Pero ¡que lindo sería verlos embarrarse con nosotros en ésta lucha diaria por encontrarle la vuelta a la vida, solo desde Jesús! Te lo traduzco del castellano antiguo: que lindo sería que nos quisieran, que nos demostraran que nos quieren y que no se presentaran ante nosotros como competidores. Que hicieran cartas pastorales de dos palabras: “No se”, “No puedo”, “No me da el cuero”. Lo más lindo que escuché en Aparecida lo dijo el Cardenal Madariaga: “no sabemos que hacer”. Porque justito ahí, cuando “no sabemos que hacer” empieza el Espíritu Santo. No antes.

Nos tapó la ola y todos estamos en la revolcada abajo del agua. Por eso los Directores Espirituales, esos que solían acompañar curas dándoles primero su propio corazón y no desde un “oficio”, son una especie en extinción. Dirán: ¡Ciegos que guían a otros ciegos! ¡SI! Eso necesitamos, hermano, que un ciego que camina a tientas, colgado entre el cielo y la tierra, me de la mano fuerte, para demostrarme afecto y firmeza y me diga: no veo nada pero Jesús ve; no se a donde vamos, pero Jesús sabe.

Quisiera tener brazos de evangelio para abrazarte en tu silencio y decirte que tu “servicio de dolor” es amor, y que el amor nos hace felices.

Esa chica que te mira como si fueras el David de Miguel Ángel, es una forma dulce que usa Jesús para que te des cuenta de que estás vivo. No te asustes por favor. Poné tu corazón en el de El y dale para adelante, no importa cuantos porrazos te des por el camino y con cuánto barro encima, te levantes cada vez. ¡Caminá por favor!

Me preguntás como desenamorarte y me parece que nuestro corazón no puede ser un tren lechero que para en todas las estaciones, porque al final, en alguna se queda. Reíte de la mayoría de las recetas ascéticas. No sirven para nada. Para desenamorarse hay un solo camino: enamorarse más de Jesús. Inundá tu corazón de amor por El y en la inundación, todos los demás amores se escurren.

No tengas miedo a amar, a enamorarte. Tené terror a no amar. A freezar el corazón.

Nos tapó la ola. Tenemos la parroquia con mil actividades. En todas nos piden que seamos expertos, y que a todos les demos el mismo tiempo y la misma atención. Imposible. Ahí nacen las frustraciones y las impotencias.

Después llega el Obispo que quiere llenar los casilleros de la pastoral diocesana y pide tu nombre y el de algunos laicos que todavía no alcanzaste a armar para la parroquia. Vos y el Obispo saben que “de mentirita”, pero hay que llenar el casillero. Al rato llegan los de la pastoral regional… y lo mismo.

Y casi cuando te queda la última bocanada de oxigeno bajo el agua, llegan los de la pastoral nacional. Revolcados por la fuerza de la ola y de tantos casilleros para llenar, solemos pensar “no puedo”, “esto no es para mi”.

Tenemos que hacer lo que tenemos que hacer. Ni un poquito menos, ni un poquito más. ¡Que los casilleros se queden vacíos! Serán testigos mudos de una Iglesia que sale del exilio Babilónico y en pobreza y desprovista, comienza a caminar de nuevo.

Vos conoces la realidad de los matrimonios y las familias que atendemos: lo que sufren, las pruebas por las que pasan, la desorientación y confusión de éste momento. ¿Podríamos nosotros estar liberados absolutamente de esta realidad cuyo mundo compartimos?

Finalmente dejame que te recuerde las tres palabras de la Anunciación:

Alegrate!: de que Jesús haya pensado en vos, con nombre y apellido, para que lo encarnes en medio de ésta realidad difícil, como la de El.

No tengas miedo: nunca te va a dejar, siempre va a estar al lado nuestro, para darnos fuerzas -todas las que necesitamos- para “permanecer en El”.

El Espíritu Santo: ¡Si! El espíritu Santo, el Amor de Dios mismo en vos, es la única solución, el único camino de salida, la única Verdad.

Un abrazo en Jesús